Navegar es necesario, vivir no

Como ya lo hemos dicho, experimentamos la necesidad de navegar, es decir, de proporcionarle un sentido a nuestra vida apuntándola en alguna dirección. Vivir, en cambio, nunca puede ser una necesidad, porque para experimentar la necesidad de la vida deberíamos, al mismo tiempo, estar vivos y carecer de la vida. Si comprendemos que es imposible sufrir “en la muerte” la penuria de carecer de la vida, comprendemos también que, frente a la posibilidad de la muerte, navegar es más importante que intentar mantener, a todo trance, la perduración de la vida. Expresémoslo con un poema, escrito en 1979, que lleva el mismo título que este apartado.

 

Hoy, en las horas de la esperanza trunca,
Cuando los sueños dejan ver por vez primera
El resorte interior que forma su quimera,
He perdido el temor a lo que significa “nunca”.

Ignoro dónde estoy, qué mares voy surcando.
El puerto familiar, en el que ayer soñaba,
Ha quedado ya lejos, como el regazo blando
Que ha seguido el destino de todo lo que acaba.

No me importa vagar, perdido entre la bruma
De un mar que no es azul, que es gris, como la muerte.
Son las olas y el viento como la vida, fuertes,
Y mi barco las corta, en un torrente de espuma.

No necesito ver, como otrora creyera,
El decurso completo de la ruta futura.
Me basta con saber la concreta manera
De aferrarme al timón, cuando la mar es dura.

Un día llegará en que mi barco, deshecho,
Se fundirá con el mar para el que fue creado.
Una hora fatal, en que todo lo hecho
Unirá su destino con lo apenas soñado.

Ayer, contra la ola más alta,
En el corazón de mi nave un madero crujió.
Navegar… ¡Eso sí que me hace falta!
-me dije- pero la vida no.

Ulises

De nada sirve que viva como un rey inútil
junto a este hogar apagado, entre rocas estériles,
el consorte de una anciana, inventando y decidiendo
leyes arbitrarias para un pueblo bárbaro,
que acumula, y duerme, y se alimenta, y no sabe quién soy.

No encuentro descanso al no viajar; quiero beber
la vida hasta el fondo. Siempre he gozado
mucho, he sufrido mucho, con quienes
me amaban o en soledad; en la costa y cuando
con veloces corrientes las constelaciones de la lluvia
irritaban el mar oscuro. 

He llegado a ser famoso;
siempre en camino, impulsado por un corazón hambriento,
he visto y conocido mucho: las ciudades de los hombres
y sus costumbres, climas, consejos y gobiernos,
no siendo en ellas ignorado, sino siempre honrado en todas;
y he bebido el placer del combate junto a mis iguales,
allá lejos, en las resonantes llanuras de la lluviosa Troya. 

Formo parte de todo lo que he visto;
y, sin embargo, toda experiencia es un arco a través del cual
se vislumbra un mundo ignoto, cuyo horizonte huye
una y otra vez cuando avanzo. 

¡Qué fastidio es detenerse, terminar,
oxidarse sin brillo, no resplandecer con el ejercicio!
Como si respirar fuera la vida. Una vida sobre otra
sería del todo insuficiente, y de la única que tengo
me queda poco; pero cada hora me rescata
del silencio eterno, añade algo,
trae algo nuevo; 

Sería despreciable guardarme
y cuidarme el tiempo de tres soles,
y refrenar este espíritu ya viejo, pero que arde en el deseo
de seguir aprendiendo, como se sigue a una estrella que cae,
más allá del límite más extremo del pensamiento humano. 

(...)

Allí está el puerto; el barco extiende sus velas;
allí llama el amplio y oscuro mar. Vosotros, mis marineros,
almas que habéis trabajado y sufrido y pensado junto a mí,
y que siempre tuvisteis una alegre bienvenida
tanto para los truenos como para el día despejado, recibiéndolos
con corazones libres e inteligencias libres, vosotros y yo hemos envejecido.

La ancianidad tiene todavía su honra y su trabajo.
La muerte lo acaba todo: pero algo antes del fin,
alguna labor excelente y notable, todavía puede realizarse,
no indigna de quienes compartieron el campo de batalla con los dioses.

Las estrellas comienzan a brillar sobre las rocas:
el largo día avanza hacia su fin; la lenta luna asciende; los hondos
lamentos son ya de muchas voces. 

Venid, amigos míos.
No es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo.
Zarpemos, y sentados en perfecto orden hiramos
los resonantes survos, pues me propongo
navegar más allá del poniente y el lugar en que se bañan
todos los astros del occidente, hasta que muera. 

Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan;
es posible que demos con las Islas Venturosas,
y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos.
A pesar de que mucho se ha perdido, queda mucho; y, a pesar
de que no tenemos ahora el vigor que antaño
movía la tierra y los cielos, lo que somos, somos:
un espíritu ecuánime de corazones heroicos,
debilitados por el tiempo y el destino, pero con una voluntad decidida
a combatir, buscar, encontrar y no ceder.

Traducción: Randolph D. Pope